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La cárcel del tiempo (II)

Delia Steinberg Guzmán

Lo que se impone para no estar prisioneros en la cárcel del tiempo es no dejarse atrapar por el ritmo, sino sentirlo y vivirlo como algo natural. Para poder vivir el tiempo con sus procesos naturales, deberíamos distinguir entre lo que podríamos llamar tiempo activo y tiempo pasivo. Llamaremos “tiempo activo” al que significa evolución y crecimiento. Y “tiempo pasivo” al que supone inercia en cuanto a dichos valores.

La cárcel del tiempo

El tiempo activo no es el que se mueve mucho, es el que puede caminar mucho. Pero a veces se camina mucho muy lentamente. Recordemos al respecto las famosas anécdotas de fábulas de carreras entre liebres y tortugas, y cómo generalmente ganan las que son lentas, porque tienen la preciosa condición de la continuidad, de la perseverancia, de la persistencia.

Así que, para salirse de esa cárcel, hay que tener verdadero deseo de hacerlo y lograr la posibilidad de vivir un tiempo verdaderamente activo.

Consideremos otro punto más: el del tiempo concebido como una gran energía. Nosotros, como seres humanos, disponemos de energía y tenemos la capacidad de escoger dónde vamos a volcarla. Refiriéndonos al tiempo, lo inteligente es invertir nuestra energía no en lo que tiene apariencia de muchas horas, sino en lo que es efectivamente duradero; o, por emplear un término filosófico, en aquello que tiene aspecto de eternidad. Si ponemos nuestra energía en lo eterno y no en lo pasajero, nuestro tiempo habrá sido realmente aprovechado.

Así, si el tiempo es energía, hay que distribuirla inteligentemente. La energía llevada al tiempo nos acerca a la eternidad, a aquellos misterios profundos en que las cosas no cambian jamás.

Tenemos aún más factores por considerar aparte del tiempo-activo, que es evolución, y el tiempo-energía, que es eternidad. Un factor importantísimo es juventud.

¿Qué es juventud? Juventud es, precisamente, salir de la cárcel del tiempo. Juventud es colocar nuestra conciencia no en un cuerpo que está destinado a gastarse y envejecer, sino en lo eterno, en aquello que es siempre y que permite reconocernos y decir: “Yo soy”. Porque hay una continuidad desde que fuimos niños, jóvenes, hombres maduros, ancianos. ¿Qué es lo que nos permite reconocernos? ¿Cuál es ese hilo que une todas las cuentas del collar y que viene desde el fondo del tiempo a plantarse en nuestro presente? Allí es donde nace la juventud sin tiempo; allí es donde se abren los barrotes de la cárcel…

Con estos tres factores nos podemos lanzar verdaderamente a romper aquello que nos tiene detenidos. Esto, que puede parecer para nosotros casi imposible, era, sin embargo, un estudio al que dedicaban mucho tiempo –valga la redundancia– los antiguos en las escuelas de misterios, dado que, de alguna manera, habían logrado manejar el tiempo.

¿Cómo? A través de una conciencia y de una atención continuas, y no de altibajos. ¿Por qué nosotros tenemos tan a menudo la sensación de un tiempo que nos sacude y nos traspasa? Porque vivimos a saltos, porque nuestra conciencia se ubica en cada punto solo unos instantes, pues hay cosas que la distraen. Y nuestra atención se desespera porque el tiempo le pesa en cuanto no logra continuidad.

Tal vez uno de los secretos más difíciles de comprender de estos grandes sabios haya sido ese sentido de la continuidad y de una conciencia tan fija que el tiempo se tranquilizaba, se estabilizaba y se tornaba activo, por cuanto la atención podía abarcar todo lo que necesitaba.

Ellos han acelerado el tiempo. Han transformado el futuro en presente. Han acelerado su evolución, su capacidad de conocer, de comprender, y con esa aceleración de tiempo han asumido una dimensión de grandiosidad que nos maravilla y nos hace hablar de grandes seres, grandes Maestros, Iniciados.

Entre las viejas tradiciones que aún se guardan –aunque entrecortadas y a veces hasta incomprensibles–, podemos encontrar referencia a las ceremonias que se celebraban en el viejo Egipto, en el Caracol de Abydos. Eran todas ceremonias relativas al tiempo.

El caracol era el símbolo del tiempo, y el hombre que se internaba en sus recovecos misteriosos tenía que pasar una serie de pruebas vinculadas al tiempo. Al salir, de alguna manera tenía que haber trascendido el sentido del tiempo.

Ese era el símbolo que se atribuía al caracol, con su casa a cuestas, con su tiempo de pequeñas experiencias sobre la espalda, pero con la capacidad de levantar sus ojos y sus antenas por encima de la cabeza, del cuerpo, de la materia inerte y pesada.

Ya en el viejo Egipto, jóvenes discípulos –jóvenes con esa juventud sin cárcel y sin barrera– se reunían en el interior de los templos para celebrar ceremonias a su dios del tiempo, a su capacidad de pasar más allá de aquello que les retenía.

Hoy estamos encarcelados. ¿Escuelas de misterios e iniciáticas? No se conocen. ¿Posibilidades de realizar ceremonias mágicas? Pocas o ninguna, puesto que estas cosas se consideran “sectarias”.

Estamos viviendo un momento histórico de aceleración en los tiempos. Todo a nuestro alrededor se acelera. Como aceptaban muchos pensadores e historiadores, el transcurrir de la vida no es una simple línea recta de evolución constante y ascendente donde el día de hoy es siempre mejor que el de ayer y el de mañana será mejor que el de hoy.

El proceso histórico ascendente no es una línea, sino una espiral –como el caracol de los egipcios– que asciende, pero lo hace lentamente, vuelta a vuelta, paso a paso.

En cualquier espiral, si hiciésemos una prueba física, veríamos que hay instantes de “giro” –sobre todo, cuando estamos a punto de cambiar de dirección–, en que se produce una pequeña aceleración. Es la aceleración e impulso que necesitamos para subir un paso más en el giro histórico que estamos dando.

El análisis de lo que sucede en todos los niveles, a lo largo de toda la Tierra, nos permite determinar que estamos en uno de estos momentos que, aparentemente, y bajo una visión fría y un poco fatalista, resulta terrible.

En este momento de aceleración no podemos jugar al tiempo pasivo, a quedarnos dentro de los barrotes, porque, en ese caso, la Historia nos barrerá. Tenemos que jugar a estar a tono con la Historia.

¿Cómo vamos a hacerlo? Cada cual tiene en su tiempo, a todos los niveles, una posibilidad de hacerlo.

Cada cual tiene en su tiempo físico una posibilidad de contabilizar mejor sus minutos. Cada cual tiene en su tiempo psicológico una posibilidad de buscar mejores y más depurados momentos. Cada cual tiene en su tiempo mental la posibilidad de escoger los conocimientos o de investigar las leyes o conceptos que le permitan ampliar el ámbito de la estrecha cárcel en la cual nos movemos. Cada cual tiene espiritualmente la posibilidad de buscarse y encontrarse, y cumplir con aquel requisito que se exigía desde hace tiempo en los viejos Templos: “¡Conócete a ti mismo!”.

Todos tenemos la posibilidad de alargar el tiempo, la vida, y acelerar el proceso de evolución.

Todos tenemos la posibilidad de ser jóvenes. De hecho, lo somos. Bastaría nada más que variar el punto de conciencia.

Nosotros dirigimos el tiempo, no es el tiempo que nos traga a nosotros. Entonces vamos a gestar el milagro de salirnos del tiempo material, de las horas que nos indican cómo “debemos” ser; el milagro de abrir los barrotes y lanzar hacia delante el alma, que es siempre joven.

Abrir las barreras no significa eliminar relojes, la vida diaria y el complejo proceso vital. Significa vivir, además del tiempo de los relojes, la otra vida en las otras dimensiones, en los otros tiempos. Y que cada día no nos resulte de veinticuatro, sino de infinitas horas.

Nunca en Nueva Acrópolis –ni en nuestras breves charlas semanales ni en nuestras clases– hemos prometido prodigios exóticos, ni milagros fuera de la Naturaleza, porque tampoco consideramos que los milagros estén fuera de la Naturaleza. Desde el momento en que se producen es que forman parte de ella.

Si desde estas páginas pudiese, os lanzaría juventud a manos llenas. Pero no la juventud de los años, no la de los rostros. Lanzaría esa otra fuerza que nos dice: “¡qué importa el tiempo, si yo soy, si yo estoy! ¡Qué importa lo que midan las horas si yo estoy más allá de estas horas, y vengo desde antes que ellas!”.

Que seamos todos nosotros infinitamente libres, infinitamente jóvenes, infinitamente humanos, infinitamente nosotros.

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