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Angustia juvenil (I)

Delia Steinberg Guzmán

No es fácil definir la juventud. Aunque busquemos mucho, los distintos autores a lo largo del tiempo no han logrado ponerse de acuerdo en ninguna definición exacta. Además, la juventud es tan rica y tan amplia en matices, es tan plástica y tan extraordinaria, que no encontramos una manera objetiva, concreta, sintética de definirla.

Angustia juvenil

Como filósofos, tenemos una fe enorme en la juventud y una gran esperanza en ese mundo futuro del que tantas veces hablamos y del que tantas cosas decimos. Pensamos que ninguno hemos dejado de ser jóvenes en el fondo, y por una u otra razón, tampoco hemos dejado de tener algunas angustias, que podrán ser más o menos juveniles, pero que tienen su raíz en los mismos problemas y en parecidas circunstancias.

En líneas generales, para definir a la juventud deberíamos aceptar lo que dicen algunos: que es un estado intermedio entre la niñez y la madurez.
Efectivamente, es un estado intermedio, pero no único ni definitivo, sino muy especial, porque sale de la llamada «dulce inconsciencia de la niñez» para entrar casi de golpe en un despertar repentino e inmediato a las propias realidades interiores, emocionales, intelectuales, físicas y psicológicas que se producen, que por muy naturales que sean, no por ello dejan de impactar fuertemente en la personalidad del joven.

Al hablar de juventud, no podemos referirnos única y exclusivamente a esos cambios físicos que se producen, y que señalan el paso de la niñez a la adolescencia, sino que hemos de referirnos también a otros cambios concomitantes, psicológicos y mentales, muy profundos.

Haciéndonos eco de viejas doctrinas tradicionales, hemos de pensar también que el cambio en la juventud va más allá todavía, y no sólo despiertan psiquis y mente, sino que reaparece el propio Yo, ese Ego Superior dormido que viene desde el fondo de los tiempos, y que necesita un momento especial en la vida para despertarse y manifestarse.

No estamos de acuerdo con aquellos que dicen que la juventud comienza con la pubertad, con la madurez sexual. Tampoco debemos hacer terminar la juventud cuando aparece la madurez y el ser humano es ya adulto. Si así fuese, deberíamos preguntarnos cuándo comienza esa madurez. ¿O es que la juventud se prolonga mucho más, no ya en sus aspectos positivos, sino justamente en los negativos, como falta de madurez para saber qué se quiere?

Vemos que no podemos poner límites. La riqueza humana es infinita, las múltiples expresiones de la evolución humana son infinitas, y no nos permiten ceñirnos a definiciones estrictas.

La juventud tiene algo de nuevo nacimiento; es como volver a nacer aunque ya se esté dentro de un cuerpo físico y expresado material y concretamente.

La juventud tiene algo de abrir los ojos a una nueva forma de vida, y conlleva toda la angustia que supone precisamente eso: el tener que enfrentarse a una nueva forma de vida. Es como si naciésemos, pero esta vez lo hiciésemos solos, absolutamente solos, porque sentimos que solos vamos a tener que resolver toda la angustia de ese nuevo nacimiento.

Como todo nuevo estado, esta nueva juventud a la que se acaba de nacer, se nos presenta como inestable, insegura e intranquila. Necesita afianzarse y no encuentra dónde hacerlo. Y ése es el porqué de la angustia a la que queremos referirnos.

Podemos enfocar dicha angustia desde dos puntos de vista: hay una angustia normal y lógica, la que es propia del crecimiento, del desarrollo de este ser humano que vuelve a nacer cuando deja de ser niño; son todos los procesos que recoge la Psicología tradicional. Otro aspecto que nos interesa enormemente, es la «otra» angustia, la que no es tan natural y propia de la juventud; es la que suma nuestro mundo circundante con todos sus problemas, y que resulta menos natural y más agobiante para la personalidad del joven. Empecemos por la primera.

La Psicología de los últimos ciento cincuenta años nos dice que, efectivamente, no se puede valorar la juventud tan sólo por unos cambios fisiológicos, hormonales, por importantes que sean, sino que hay que apreciar otros elementos, muy propios y característicos, de tipo psicológico, intelectual y moral; curiosamente, esta Psicología siempre enfrenta todos los cambios de la juventud como si fuesen patológicos, anormales. Son tantos, tan grandes y tan importantes los cambios, que el joven debe tener la sensación de que está enfermo, y que lo que le pasa es terrible.

Lo primero que experimenta el joven, es la necesidad de afianzar una nueva personalidad. De pronto, hay que expresar nuevos conceptos y no hay elementos para ello, y hay que fortalecerse en cuestiones que parecen casi infantiles, pero que son las primeras que permiten expresar una personalidad juvenil. Se rechaza todo lo que ha constituido el mundo anterior, porque significa niñez, ser pequeño, no pensar, no sentir; por lo tanto, todo lo anterior es malo, hay que dejarlo de lado, rechazarlo.

Dentro de este rechazo general, cabe inmediatamente la ruptura de la imagen que los padres tenían ante el joven; ya no son el papá y la mamá en los que refugiarse, ya no son el apoyo; y junto con la ruptura de esta imagen, caen las de todos los mayores que constituían el apoyo y el vínculo familiar más inmediato; todos los que habían sido amores hasta ese momento, se convierten en odios.

En el joven no hay términos medios: todo el amor que antes se expresaba hacia los padres, se vuelca hacia nuevos líderes. Hay nuevos aspectos que tienen que llenar el vacío que se acaba de crear, y que despierta una enorme angustia en el joven.

Se agrandan las figuras del profesor, o del sacerdote, o del amigo un poco mayor, o de algún líder político. A veces los jóvenes quieren apoyarse hasta en líderes ficticios, que son de su invención y representan lo ideal, lo arquetípico y lo perfecto. A veces se aferran a personajes históricos que representan todo lo que al joven le gustaría ser y todo su amor se vuelca en ellos. Pero en el fondo, de lo que se trata es de rellenar un hueco. Y esto, al mismo tiempo, produce una enorme melancolía y una nostalgia por ese mundo infantil que se ha ido de las manos y no volverá.

El joven, en la primera etapa, tiene una gran propensión a la tristeza interior. Siente que ha perdido un mundo, pero no se lo puede explicar nadie. Siente que acaba de nacer a otro mundo, pero en ese otro mundo nadie le comprende. Y esa tristeza tan íntima, tan profunda, jamás se manifiesta hacia fuera; a lo sumo, asoma un poco de melancolía. Por fuera hay una alegría exagerada, ficticia por completo, con risas estridentes y actitudes fuera de lugar, o agresiones o una vitalidad exagerada que precisamente fuerza la agresión.

Es más, el joven agrede a sus padres porque les culpa de la pérdida de ese mundo, y con un poco de sentido de culpabilidad espera que los padres también le agredan a él, lo que le parece que ocurre de inmediato. Y aquí se encadena una larga sucesión de angustias, de incomprensiones, con las discusiones cotidianas, los enfrentamientos constantes y el hecho de no poder convivir con aquellos que hasta poco antes constituían un núcleo cerrado y maravilloso.

Ante esta situación el joven responde de múltiples formas. En realidad es muy propio en el joven el despertar de ideas metafísicas; no en la línea de una metafísica filosófica perfectamente elaborada, sino de algo más sencillo. El joven comienza a preguntarse, por vez primera, por lo que son la vida y la muerte. Y se plantea que no es eterno, que está dentro del tiempo, que ha crecido y cambiado, que seguirá creciendo y cambiando y que desaparecerá. Y entonces se pregunta sobre lo que hay más allá.

Juntamente con estas ideas metafísicas, aparecen otras de orden moral. El joven suele ser muy estricto al principio, y de una manera y con una moral muy suya y muy personal, muy rígida, sobre todo para los demás, pero en alguna medida, también para sí mismo. Si esto se llevase a buen término, tendríamos el principio del ovillo que haría desaparecer la angustia juvenil de forma paulatina. Sin embargo, y desgraciadamente, no sucede así, y estos primeros arranques metafísicos y morales suelen promover en los familiares y allegados sólo una sonrisa despectiva o una burla un poco cruel, que marcará heridas muy profundas en el joven.

Desde el punto de vista intelectual, pueden pasar muchas cosas completamente distintas. O se abandonan por completo, y nos encontramos con esos jóvenes que habían sido brillantes y de pronto se estancan y empiezan a fracasar en los estudios, o les sucede lo contrario, encuentran en el estudio una escapatoria ideal y tratan de intelectualizar todo el problema que están viviendo, encontrando una vía maravillosa en el mundo de la ideas, y siendo capaces de detallar con precisión todo lo que ocurre en su interior. En este segundo caso se despierta una gran afición dialéctica, sin importar si las ideas que defienden son o no verdaderas. Quieren discutir, afianzarse, demostrar fuerza y habilidad. Esto les hace realmente felices.

Otra reacción típica del joven es un poco de egoísmo que los psicólogos llaman narcisismo. Centrarse en sí mismo, querer encontrar todas las respuestas en uno mismo, exigirse originalidad porque para ser uno mismo se requiere ser diferente a los demás y hasta un poco excéntrico. Hay que llamar la atención, y eso se advierte muchas veces en cosas tan sencillas como la moda. Pero es una excentricidad muy especial, porque está destinada a fastidiar un poco a los mayores. Además, requiere la aprobación de los otros jóvenes que se encuentran en la misma situación, para lo que se crean a modo de clanes en este sentido.
Un elemento positivo de esta época de la juventud, aunque doloroso y poco aprovechado, es el despertar de la amistad. Tal vez nunca como en esta época se sepa lo que es verdaderamente la amistad. Las amistades de juventud son las amistades gloriosas, las únicas donde todo es maravilloso, donde hay una confianza ideal, fantástica, y donde el amigo lo es todo: escapatoria, desahogo de los problemas interiores, y también casi -en un terreno que no pretende entrar en lo nefasto ni en lo morboso-, como una prueba para lo que será más adelante el amor. El amigo es el apoyo moral. Y más allá de estas experiencias individuales de amistad, a veces el joven encuentra otra escapatoria que es la de los grupos, donde se integra porque necesita sentirse fuerte, necesita la aprobación de los de alrededor, porque es muy difícil caminar solo.

Los intereses de los jóvenes según la Psicología, son muchos y muy variados. Les suele interesar de todo, pero de forma poco sostenida: hoy se comienza algo y mañana se deja, se inician muchas cosas y no se termina prácticamente ninguna. Lo importante es estar en movimiento, pero realmente no interesa nada; hay una apatía total, porque hay que responder al exceso de estímulo por parte de la familia o de quien les rodea, que les lanza constantemente consejos y recomendaciones sobre lo que hacer o no hacer; es un recurso defensivo.

En general, el problema es que es simplemente joven y tiene angustia. Es difícil de entender, pero es una realidad.

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